Entrevista exclusiva con el bogotano que le dio la vuelta al mundo:

Christian Byfield dejó de lado su carrera para darle la vuelta al mundo. En medio de ese recorrido, el bogotano se hizo popular en redes sociales y ahora se dedica a viajar en busca de sonrisas encada uno de los lugares que visita

¿Cuál fue su primer viaje?

A los 18 años mis papás me dieron de grado un viaje a Machu Picchu, al que iba a ir con una amiga, pero mi profesor de biología nos invitó a ir de mochileros.

Le dijimos a nuestros papás, volamos para Leticia y nos quedamos en un hotel que costaba $20.000 la noche para dos personas y ahí me empecé a enamorar de este mundo, porque para mí viajar era carísimo y no imaginaba que un hotel pudiera costar US$3.

En Leticia conocí a más viajeros y a mucha gente con diferentes perspectivas de vida.

Estuvimos en Amazonas casi una semana y de ahí nos fuimos en una lancha hasta Iquitos.

En el camino conocimos tribus indígenas y empecé a entender muchas cosas del mundo y entenderme a mi mismo.

Desde Iquitos viajamos a Lima, de Lima a Machu Pichu y (amo ese lugar con mi corazón), después estuvimos en las líneas de Nazca, en el desierto de Ica, cruzamos al lago Titicaca y finalizamos los dos meses del viaje en Bolivia. Desde entonces quise hacer esto por el resto de mi vida.

¿Qué le interesó de viajar?

Creo que lo lindo es que uno pasa por un proceso de introspección interesante y uno se tiene que volver muy hábil, porque hay que pensar en el taxi, la comida, la estadía y aprender a lidiar con personas de todas partes, eso me enamoró de este mundo.

¿Quiso estudiar biología o algo relacionado?

Sí, la biología y la geografía me fascinaban, pero siempre creí que quienes se dedicaban a eso se morían de hambre y en cambio para mí el éxito era ser el presidente de una empresa:

Tener mucha plata y, en mis tiempos libres, poder ir como un príncipe a las Maldivias, Austrialia o Kenia. Por eso terminé estudiando ingeniería industrial.

Entonces, ¿estudiando no se arrepintió?

Los primeros semestres tenía clases de biología y me emocionaba, pero la álgebra lineal, la física y la programación me dieron muy duro.

Cuando llegó el momento en que ganaba un sueldo, me di cuenta de que con 15 días hábiles al año no se hace nada. En ese momento comencé a preguntarme si ese era el tipo de vida que quería.

¿Cuándo decidió dedicarse a viajar?

Mi hermana se casó con un australiano que le dio la vuelta al mundo. A los 19 años, en Torres del Paine, en Chile, conocí a una alemana que estaba dando la vuelta al mundo, y me cambió la percepción porque creía que esos viajes sólo los hacían personas de países ricos.

En un viaje de negocios a San Agustín conocí a un gringo que trabajó para Bank of America, se cansó de eso y se dedicó a viajar por el mundo, ese fue mi empujón.

Luego seguí a Pitalito en una chiva y conocí a dos prostitutas, Sandra y Yadira, que me contaron su vida, cuánto cobraban.

Cómo funcionaba su trabajo y al final me dijeron algo que me quedó y es que a uno solo le queda lo vivido y lo gozado. Fue conocer una perspectiva de vida muy diferente.

Llegué a Bogotá a vender viajes, seguros y todo lo demás que fuera necesario para comprar el tiquete para dar la vuelta al mundo.

¿En qué consistía ese viaje?

Me encanta la naturaleza, entonces era un viaje destinado a la vida salvaje. Mis objetivos eran gorilas de espalda plateada en Uganda, tigres en India o Sri Lanka, orangutanes en Malasia.

Tiburones toro en Fiji o Guacamayas, porque nunca las había visto en estado natural. Siempre pensé que mi viaje acabaría conociéndolas y así fue, las conocí junto a mi papá el último día de un viaje a Vichada. Al otro día ya  estaba de vuelta en Bogotá.

¿En algún momento se arrepintió de hacer el viaje?

Al comienzo enviaba correos a mis contactos contándoles lo que me pasaba, con los miedos de mi familia y mis jefes, que me terminaron afectando a mi también. Los que me leían me daban ánimo y me decían que si no era lo mío podría devolverme y buscar trabajo otra vez.

Muchos extranjeros me decían que me relajara que eso iba a comenzar a fluir, que iba a aprender del mundo.

Cuando llegué a un volcán activo en Etiopía donde se ve la lava volar, sentí que la lava se llevó todos mis miedos.

Entonces desde ese momento me olvidé del pasado y del futuro y me senté en el presente. Desde ahí disfruté mas las jirafas, el día a día y respirar. Empecé un proceso de psicoanálisis interno que tomó su tiempo.

¿Cuánto duró su viaje?

Fueron dos años y un mes, en total 754 días. Cuando volví  me propusieron trabajo formal, pero debía afeitarme, cortarme el pelo y ponerme una corbata. No acepté y a la semana surgieron cosas nuevas relacionadas con mis viajes.

¿Ha pensado en el futuro?

Me encanta lo que estoy viviendo ahora. Me pagan por viajar, por conocer y eso es lo que me llena, porque la gente se inspira y me escriben diciendo que gracias a mis experiencias cambiaron sus vidas.

En redes trato de ser muy activo invitando a la gente a actuar, a seguir sus pasiones.

En el futuro quiero seguir viajando, tal vez viviendo en una ciudad tranquila con mejor vibra, entre mas chiquito un pueblo, la gente es más relajada, vive con menos estrés y más sonrisas.

¿Cuándo comenzó a recolectar sonrisas? 

En Etiopia, por las noches, tenía unas sesiones de depresión horribles. Una mañana caminando le sonreí a una señora y me sonrió. En Africa así no tengan dientes todo el mundo sonríe.

Luego comencé a analizar el porcentaje de personas que me devolvían la sonrisa, entonces así comencé a categorizar cada uno de los países que visitaba.

¿Dónde es difícil sacar una sonrisa?

En los países nórdicos. Llegué en verano y aunque me dijeron que la gente sonreía más en esa época que en invierno, no están acostumbrados y lo miran a uno raro. 

En China y Hong Kong la gente es completamente inexpresiva, pero una vez una profesora me explicó que eso tenía que ver con la Revolución China, porque en esa época si uno mostraba sentimientos podría ser una prueba de que se era culpable de algo.

¿Qué otras curiosidades ha encontrado?

En Irán la gente es muy querida y abierta, pero allá cantar es ilegal, las mujeres no pueden fumar y en los hoteles solamente pueden dormir con el papá, el hermano o el esposo.

Hay muchas restricciones por las que uno comienza a valorar su cultura. En Fiji una señora me ofreció su casa y estuve diez días con su familia, y creo que es muy bonito aprender a confiar en los demás.

¿Qué tan difícil es el idioma?

El inglés siempre ayuda, aunque en Rusia y China es muy difícil encontrar a alguien que lo hable. Me gusta aprenderme palabras de los sitios a dónde voy, porque la gente se abre más a uno si ven la intención de uno de aprender algo de su cultura.

En Sri Lanka, por ejemplo si al comer con las manos te untas las primeras falanges es de mala educación.

Porque no sabes comer con la mano, además siempre tiene que ser con la derecha, porque con la izquierda es con la que uno va al baño.

Entonces si ellos ven tu intensión de seguir sus protocolos de convivencia básica lo valoran muchísimo y son más amenos con uno.

¿Se enfermó mucho en sus viajes?

No, se me infectaron los oídos dos veces y en mi viaje a Panamá tuve una hemorroide. Al comienzo en Etiopía me dio como una gripa pero curiosamente siempre me enfermaba cuando estaba bajito de ánimo.

Tiene más de 20.000 seguidores en Instagram. ¿Cómo ha sido el manejo de sus redes sociales?

Una de las cosas que hice para alejar los miedos fue desconectarme de las redes sociales. 

Cuando llegué a Etiopía veía que a mis amigos en Colombia los ascendían, compraban casa, carro o se iban a casar, entonces me desapegué totalmente de Facebook.

Pero comencé a subir fotos a Instagram de todo lo que veía. Cuando llegué a Colombia, comencé a escribir sobre mis experiencias y eso empezó a llamar más seguidores, a tal punto que me volví influenciador.

¿En qué consiste ese trabajo?

Soy influenciador de viajes: promuevo destinos, hoteles y países. Soy la imagen de Procolombia para promover al  país en mis redes, soy embajador de go pro y este año comienzo a trabajar como imagen de Latam. He escrito para revistas de viajes, doy conferencias y cuadro viajes.

¿Qué países le faltan?

Maldivia por el buceo, Islandia por la aurora boreal, las Islas Vanuatu, cerca de Fiji, donde no utilizan moneda sino que funcionan con trueque, y Malí, que es un país que no ha sido muy tocado por el turismo.

Fuente: El Espectador.

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